Algunas caminan junto a nosotros durante muchas lunas; otras apenas se detienen un instante, pero todas dejan su huella.
Cada amigo es como una hoja en el árbol de nuestra existencia.
Los primeros brotes son nuestros padres, raíces de amor y enseñanza.
Luego llegan los hermanos, que crecen a nuestro lado compartiendo espacio y sueños.
El destino, sabio jardinero, nos regala otras hojas nuevas: amigos del alma, sinceros y verdaderos, que sienten nuestro dolor, celebran nuestras alegrías y espantan nuestros fantasmas.
Algunos incluso se convierten en ese “amigo enamorado”, que ilumina los ojos y da música al corazón.
Hay amigos de paso y amigos lejanos que, aunque el viento los aleje, siempre vuelven a rozar nuestras ramas.
El tiempo pasa, las estaciones cambian, y algunas hojas caen… pero no mueren; permanecen alimentando nuestras raíces con recuerdos luminosos.
Cada ser que cruza nuestro camino deja algo de sí y se lleva un pedacito de nosotros.
Porque nada es casualidad: las almas se encuentran cuando están preparadas para reconocerse.

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